viernes, 1 de febrero de 2008

Soy un político revolucionario radical.


El político


YA TE has ido demasiado lejos; no me escucharás. Ser un político ya es suficiente pero tú, además, eres un político revolucionario radical; un cáncer por partida doble, ¡triple! ¿No te basta la política? ¿Tienes que ser radical, revolucionario? Pero siempre encontramos hermosas palabras para ocultar realidades desagradables.
Ningún político puede ser revolucionario, porque la única revolución posible es la espiritual. Ningún político puede ser tampoco radical; la misma palabra radical quiere decir que se refiere a las raíces. El político poda las ramas, no tiene nada que ver con las raíces. Sólo la iluminación te puede llevar hasta las raíces, solo la meditación te lleva a las raíces de los problemas.
La política ha existido siempre, los políticos han existido siempre, pero ¿qué ha sucedido? ¡El mundo sigue siendo el mismo carrusel de desgracias! De hecho, el sufrimiento va multiplicándose cada día. Todos esos políticos radicales y revolucionarios solamente han demostrado ser maliciosos; con buenas intenciones, por supuesto, pero las intenciones no cuentan en absoluto. Lo que cuenta es la conciencia.
El político no tiene conciencia; de hecho, está tratando de evitar sus propios problemas internos, está tratando de escapar de sus propios problemas. Y el modo más fácil de escapar de uno mismo es ocuparse de los problemas del mundo, la economía, la política, la historia, el servicio a los pobres, transformar las condiciones de la sociedad, la reforma. Todo esto son estrategias para escapar de los propios problemas de uno: estrategias sutiles, peligrosas, porque uno se cree que está haciendo algo grande mientras que está siendo simplemente un cobarde.
Primero encara tus propios problemas, enfréntalos. Primero trata de transformar tu ser. Sólo una persona transformada puede provocar el proceso de transformación en los demás.
Me preguntas: «¿Tienes algo que decirme?» Recuerda dos cosas: en primer lugar, las tres reglas de la perdición. Hay tres formas de perderse en este mundo. La primera es el sexo, la segunda es el juego y la tercera es la política. El sexo es la más divertida, el juego es la más excitante y la política es la más efectiva. En segundo lugar, recuerda también la ley fundamental de todas las revoluciones: cuando llegue la revolución, las cosas serán diferentes, no mejores, sólo diferentes.
Los políticos han estado dirigiendo el mundo entero desde hace siglos; ¿hacia dónde, con qué fin? ¿No ha pasado suficiente tiempo para que podamos ver la estupidez de este juego? Por lo menos somos conscientes, completamente conscientes de cinco mil años de política; antes de eso debía suceder lo mismo, pero después de estos cinco mil años de juego político, ¿qué ha ocurrido? El hombre sigue estando en la misma oscuridad, en el mismo sufrimiento, en el mismo infierno. Sí, la política continúa dándole esperanzas, esperanzas de un mañana mejor que nunca llega. El mañana nunca llega..
Es el opio del pueblo. Karl Marx decía que la religión es el opio del pueblo. Es verdad, el 99 por 100 de las veces es verdad; sólo en un 1 por 100 no lo es. Un Buda, un Jesús, un Lao Tzu, un Zaratustra, sólo estas pocas personas pueden ser contadas en ese 1 por 100; salvo en estos casos, Karl Marx tiene razón en un 99 por 100 al decir que la religión ha demostrado ser el opio del pueblo. Ha mantenido a la gente en un estado drogado, casi
como en un sueño, para que puedan tolerar una. existencia intolerable, para que puedan tolerar todo tipo de esclavitudes y privaciones, con la esperanza de un futuro mejor. Las religiones solían otorgar este futuro mejor en el otro mundo, después de la muerte.
La gente llega a mí y me pregunta: «¿Qué sucederá después de la muerte?» Yo no les respondo, en su lugar les hago otra pregunta. Les pregunto: «Olvida todo lo relacionado con el después de la muerte, déjame que te pregunte una cosa: ¿qué está sucediendo antes de la muerte?» ...porque todo lo que esté sucediendo antes de la muerte continuará sucediendo después de la muerte. Es una continuidad: tu conciencia será la misma, antes o después no cambiará nada. El cuerpo podría no ser el mismo, el recipiente podría cambiar, pero el contenido seguirá siendo el mismo. Todo lo que sucede le está sucediendo al contenido, no al contenedor.
Primero, la religión estaba dándole opio al pueblo: «Mañana», «después de la muerte». Millones de personas permanecieron en ese estado, drogados, bajo los efectos de ese cloroformo, cloroformo religioso. Ahora la política está haciendo lo mismo. Incluso el comunismo ha demostrado no ser otra cosa que un nuevo opio para las masas; el comunismo es un nuevo tipo de religión. La estrategia es la misma: «Mañana llegará la revolución y todo se arreglará.» Tú tienes que sacrificar el día de hoy por el mañana, y el mañana nunca llega.
Han pasado ochenta años desde la revolución rusa y el mañana sigue estando tan lejos como antes. Han pasado cincuenta años desde la revolución india, la revolución de Gandhi, y el mañana sigue estando muy lejos, de hecho, más lejos que antes. Las personas que se sacrificaron, lo hicieron en vano; habría sido mejor que vivieran. Las personas que fueron asesinadas en realidad estaban cometiendo un suicidio creyendo hacer un gran servicio a la humanidad.
No crees más locura en el mundo; ya está lleno de locura.


Un amigo mío trabajó una vez en un hospital de enfermos mentales. Mientras hacía las visitas, solía explorar a los pacientes preguntándoles: «¿Por qué estás aquí?» La respuesta, normalmente, revelaba el grado de percepción de la realidad del paciente.
Una mañana el psicólogo recibió una respuesta que le impresionó:
-Estoy aquí -respondió el paciente- por la misma razón que usted, doctor. No pude triunfar en el mundo exterior.


Los pacientes y los médicos, la gente y los políticos están en el mismo barco. Todos son ayatolás jomeiníacos! Por el mundo andan sueltos todo tipo de maníacos. Si tú abandonas tus políticas radicales revolucionarias, por lo menos habrá un jomeiníaco menos y eso será una gran bendición.